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Leandro de Martinelli

La relación entre el graffiti y el ciclo de la especulación inmobiliaria es uno de los ejes centrales de Plaga, el graffiti desde el Bronx a La Plata (Ed. Malisia 2017), de Leandro de Martinelli, un ensayo en fotos y palabras que busca desenredar las tensiones alrededor de un tipo de pintada callejera que ha conquistado los más diversos rincones del mundo. Lesyc reproduce un fragmento de este libro de pronta publicación.

 

La idea mejor distribuida es que donde hay un graffiti hay desidia. En ese imaginario pareciera ser el graffiti el aporte significativo a la degradación del patrimonio arquitectónico, cuando el proceso es otro muy distinto: donde hay desidia, donde hay abandono, habrá un graffiti. El graffiti es una señal, una más, entre un montón de otras señales de ruina. Previamente hay desatención por parte del propietario y por parte del Estado, hay deslucimiento del edificio y, si el abandono persiste, el desgaste estructural se transformará en daño irreparable. En ese proceso aparecen también un montón de otras plagas, animales o vegetales, fáciles de percibir aunque menos espectaculares que un graffiti.

La ruina urbana es ese combo variado, que puede durar años antes de transformarse en tierra baldía y, consecuentemente, en un nuevo edificio. Ese espacio es el caldo de cultivo para el graffiti, porque le aporta posibilidades de permanencia y circulación. Es decir, el graffitero pinta sobre la ruina porque el abandono le garantiza que su firma va a permanecer intacta durante mucho tiempo. La ruina moderna es un espacio seguro para pintar, porque está deshabitado, porque nadie lo vigila, porque a nadie le importa. La protección habitual de esos lugares suelen ser tablones, chapas o ladrillos que tapan puertas y ventanas para impedir que los tomen los okupas. Sumado a ello, esos espacios son habitualmente lienzos de gran tamaño, que admiten la posibilidad de publicitar la firma y los berretines del estilo a escala monumental.

Como la práctica del graffiti es expansiva, cuando un graffitero estampa su firma en una pared, en seguida aparecerán otras firmas alrededor. En general, los graffitis solitarios son una rareza. Por eso nunca tardan en aparecer nuevas firmas cerca de las ruinas gaffiteadas, sin importar ya que la pared de al lado sea o no una ruina. Lo importante es empatar la cantidad de firmas del otro, o superarlo. En eso el graffiti funciona como una bacteria, que aparece sobre el tejido degradado para extenderse luego sobre el sano.

El espectador urbano dirá que la degradación del patrimonio arquitectónico es en gran parte responsabilidad del graffiti, muy a pesar de que debajo de las pintadas más vistosas suelen haber espacios en ruinas, casas tapiadas, lugares abandonados. En esa lógica se entrevera la principal tensión entre el movimiento graffitero y los ciudadanos, porque el graffiti señala el abandono, lo trabaja, lo adorna, lo solidifica, lo transforma en espectáculo, pero a la vez lo oculta. Es decir, el graffiti proporciona una forma transgresora que tapa transgresiones más importantes, como las que produce el ciclo de la especulación inmobiliaria.

 

Leandro de Martinelli nació en La Plata en 1979. Es periodista cultural y doctorando en Comunicación Social por la UNLP. Colaboró en el diario El Día, en Rolling Stone y en De Garage. Fue editor del suplemento de cultura emergente de Diario Contexto y guionista de Pequeña Babilonia, documental sobre el rock de La Plata. Condujo los programas La Fábrica de Manteca por FM Provincia y Sendero Luminoso por Radio Universidad. Es miembro de Contrapuntos, grupo de estudios sociales de la música.

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